Evaluar sin juzgar (o intentar no ser mi peor profesora)
Terapeuta: Parece que hoy vienes enfadada contigo misma.
Yo: Literal. Me he evaluado mentalmente peor que una profesora cansada en junio.
Terapeuta:¿Y qué ha pasado ahora?
Yo: Nada. Solo que en clase estuvimos viendo formas de analizar el clima de un centro: cuestionarios, entrevistas, observación… Y pensé: ojalá evaluarme a mí misma con esa delicadeza.
Terapeuta: ¿Te refieres a no confundir evaluación con juicio?
Yo: Exacto. En clase decíamos que medir algo no sirve para castigar, sino para entender… y yo aquí, castigándome por existir.
Terapeuta: Pues habrá que aplicarlo a tu vida, ¿no?
Yo: Ya, ya. Pero se me da fatal.
Hay algo muy curioso en cómo evaluamos (a personas, a situaciones… y sobre todo a nosotras mismas).
Tendemos a hacerlo como si la evaluación fuera un declarar sentencia, cuando en clase explicaron justo lo contrario.
Cuando analizábamos el clima de un centro, se insistía en que los cuestionarios, las entrevistas o la observación no sirven para “señalar errores”, sino para entender qué está pasando.
Lo mismo con los datos: que no son acusaciones, sino señales que nos ayudan a ver tendencias.
Y pensé: ¿por qué no hago eso conmigo? ¿Por qué me evalúo como si estuviera examinándome sin compasión?
Recuerdo que alguien dijo (o lo entendí así): escuchar también es evaluar.
Y ahí me quedé pensando en lo poco que me escucho cuando me exijo.
Me vino bien verlo desde otro ángulo: que evaluar no es juzgar, es comprender.
Es mirar con honestidad, pero también con contexto.
Es ver lo que hay… y usarlo para ajustarte, no para machacarte.
Quizá debería empezar a evaluarme así: con menos castigo y más verdad.
📝 Nota terapéutica del día
“Evalúate como te gustaría que te evaluaran: con contexto, paciencia y verdad.”
Comentarios
Publicar un comentario